11 junio 2020

Llaman la atención las cifras.

No sólo los números. Es la frialdad de las cifras lo que me impacta:

Hombre, 87 años con hipertensión.

Y ya.

Así quedó.

Para la eternidad. La persona número_____ y ya. 

No eres el abuelo cariñoso y dedicado, eres del diabético. No eres una mujer que cocinaba rico, tenías antecedentes de tabaquismo. La frialdad de la noticia. No sé, tal vez para alguien sea lógico, para mí no lo es mucho. 

Nos acercamos a los XXX,XXX, no es tanto -dicen- pero en  XX,XXX casas se siente una ausencia inesperada. En un país que no es Suiza, porque en Suiza están indignadísimos que la gente fallece en los asilos de ancianos por contagios de sus cuidadores que salen y tienen una vida normal, asintomáticos. Pero en Suiza no les indigna nada que la persona que los cuidó de pequeños la mandaron a un asilo y no está en su casa, porque ya era una carga indescriptible.

No sé, me gustaría que al menos buscaran un poco más, hasta pensaría que es mejor poner sus defectos. Mujer 85 gritona, bebedora social, hiperactiva. Hombre, bastante parrandero, 67, aficionado a la música de banda, bastante ojo alegre. No sé.

¿Qué pensarán sus hijos al leerlo? ¿Sus nietos? 

Tantas despedidas. Tan rápidas. Tan inesperadas. Tan injustas. 

O sea, uno sabe que no tiene la vida regalada. Pero tampoco que tendrá esta despedida. Tres palabras. hasta sería lo mismo cambiar las tres palabras o cuatro máximo: Por comer gansitos. Por desayunar Coca Cola. Y no siempre es así. Suena a una excusa, como perdonando a un virus que se pega cual brillantina. 

Uno pensaría que el mundo se estaría preocupando en volverse más humano. Que las redes sociales podrían hacernos uno mismo. Y no. Están los que salen y los que no salen. Los chinos y los que están contra los Chinos, que ya parece el bloque comunista de la segunda guerra mundial, sólo que ahora piden explicaciones por Twitter. Están los #quedateencasa y los #queremossalir. Y todos tienen un poco de razón. 
De la cifra, salen tantas lágrimas. Tantos ¿por qué? que no es justo minimizarlos a números mientras puedan tener al menos un apodo que odiara tanto como para regresar. “La pelos”, “Don Necio”, “La cara de ombligo”. 

Las cifras no se empalman con el olvido. La curva de tristeza se extenderá mientras se cantan o se chiflan melodías melancólicas, el recuerdo. Y luego, poco a poco, regresará la alegría que queda de estar vivos, de seguir. Pero por lo pronto, la naturaleza en poco tiempo se decide a enseñarnos que somos poca cosa y viene la prensa, con un enorme titular, a comprobarlo. 

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