15 JUNIO 2020

(Pero hay de trenes a trenes).

Vivo enfrente del tren. Por lógica, dicen, eso jamás debió de haber sucedido. Pero si se construyó la ciudad de México sobre un lago y luego nos quejamos que el terreno no es firme, pues hacer otra ciudad alrededor del tren es igual de absurdo y quejándose del ruido como vivir al lado de la feria de diciembre. Pero todo el año.

Las cosas han cambiado mucho y eso se puede ver en el tren. Hace todavía poco tiempo, era común ver a muchisisisimos inmigrantes arriba de lo que sabíamos se llama La Bestia. Para ir tan amolados iban con ilusión, porque si mis hijas los saludaban, era seguro que contentos les devolverían el saludo. A la mejor era la emoción de saber que no eres invisible. Que sí vas a algún lado.

Con cuántos sueños habrán atravesado tantos de ellos. Con ilusiones tal vez de riqueza y bienestar o simplemente mandar unos dolaritos o regresar a comprarse una camionetota nueva para presumirla por sus calles de quién sabe dónde en un pueblito en México, en El Salvador, en Honduras.

Dejaron de pasar los migrantes a la luz del día desde que Trump se puso estricto. Como soy sonámbula, los veía de noche, los buscaban los policías con lámparas. Qué terror sentirse perseguido por un policía, de noche, esconderte arriba o abajo de un tren.

El tren de madrugada me hace enterarme que hay mucha gente que usa las vías para correr, para pasear al perro, para llevar una canasta de pan en la cabeza y seguramente hacer un atajo a algún lado.

Justo por esas personas dicen que el tren hace un escándalo que viene desde muy lejos, para no llevársela a de corbata en el puente. El 1 de junio cumplimos un año viviendo aquí y hoy todavía me despertó como diciéndome ¿y yo qué?, habla de mí.

Las cosas también han cambiado en la vía. El otro día y ante el gran silencio de ahora, empecé a escuchar una mujer gritando realmente desesperada. Pensé que era una vecina, pero era una mujer en las vías. Buscaba abajo de los matorrales, pensé que podría ser un amigo, un compañero de viaje. La verdad se oía tan preocupada. Nunca había interactuando yo con alguien de la vía. Le grité “¿A quién buscas?”. Me contesta “a mi perro” ¿lo ves? La vía estaba vacía. Para todos lados. 

Ella es una de las inmigrantes que van de regreso, hacia el otro lado, con los sueños sólo como sueños, sin la camioneta, sin dólares porque ahora les cobraron por regresar. Ya sabiendo que era un perro no sé si me dio más tristeza o alivio de que no fuera un compañero, mientras se iba, alcance a distinguir que gritaba “chombra” y ya en mi mente es que es su fiel compañero, su “sombrita, chombrita”.

Ya sé que estoy muy sensible y tengo mucho tiempo libre. Pero sí me queda clara la analogía de que si no es el mismo barco, que la analogía está muy mal hecha porque al menos en México nadie se sube a un barco a menos que sea lancha con fondo de cristal, pero muchos nos hemos subido a un tren, casi siempre en otro lado del mundo.

Uy el AVE, el tren rápido, qué maravilla, los trenes que te llevan tomando un refrigerio por Europa, como cuando me bajé una vez en Italia sola a San Remo y sólo había viejitos comiendo helado, acompañados cada uno de su propi@ “chombra”.

Mi esposo sueña con subirse al tren transiberiano y yo al Chepe o el que sube a Macchu Picchu. Nunca hemos considerado ir de polizonte. Con una mochila donde cargues todo lo que tienes en la vida. 
No es lo mismo un tren en Suiza, sacar la cabeza como perro, con dos maletas de rueditas, concluir el tour, el viaje, el paseíto, como diría Adela Micha la reina del sinónimo.

No es lo mismo chombra. Espero te hayan encontrado. Espero la acompañes a su destino, que la abracen al llegar. El camino a casa se ha vuelto peor que la ida. Pero al fin al cabo, casa, choza, palapita que guarda a sus seres más amados. Cuídala de regreso.

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