Suena lejano aquel momento cuando uno podía tocar el claxon saboreando una mentada de madre. Había de dos tipos. La rápida (tataratata) y finalizaba (tantan) y la que era laaaaargaaaa cuando pasaba alguien a mucho más velocidad que uno y se alargaba de una forma disfrutable (taratatataaaaaaaaaaa) esa última versión no tenía final, se iba disipando en el aire…

A la gente que se metía en la cola del banco, uno le podía decir oigame llevo aqui una hora, sin temor a que  el hombre que la acompaña no sea un rufffian con tres efes porque siempre son feos fuertes pero con traje muy formal. Los rockeros podían gritar a media canción sus odios políticos sin temor a un balazo, uno podía regañar a su hijo en la calle si se había pasado de lanza sin pánico a un vídeo que acabe con un #lady o una visita del DIF. Es una ira contenida.

Un Big Bang personal esto de no poder decir ya nada de nada porque ya vivimos con un miedo en persona que se nos quita en las redes sociales y es donde decimos absolutamente todo lo que pensamos y a veces, realmente sin pensarlo. Fan destacado del universal es el que escribe más groserías en tiempo récord. No hay ninguna ética detrás de la pantalla, ni una clase de civismo o valores…

Uno puede ser quien de verdad es a través del teclado y resulta que somos muchopior de lo que parecemos. ¿A dónde llegará esta locura de solo poder decir lo que pensamos en redes porque  en la vida real ya nadie aguanta nada?

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