2 junio 2020

Es común en tiempos de crisis que siempre volteamos a ver a otros países. Ojalá tuviéramos la economía de Alemania, ojalá tuviéramos el orden de Japón, ojalá tuviéramos la policía de Chile y la apertura de Canadá.

Pero no es justo, no es justo hablar tan mal de nuestro México.

Sólo en México te desayunas un mango todo el año ya quisiera un Inglés. Sólo en México tienes una fiesta y llegan 20 colados a festejar como si te conocieran, ya quisieran los nipones, que viven tan estructurados. Sólo en México.

No tenemos Wet&Wild pero qué tal los ríos de Veracruz. No tenemos la Torre Eiffel pero qué tal Michoacán en día de muertos. No tenemos comida francesa con nombres tan bonitos “crepe” para nosotros todo lo que vale la pena comer, empieza con T y acaba en plural.

No es justo hablar de ti así, mi país favorito. Das alegrías y sinsabores como una balanza, como para que sepamos distinguir. No es tu culpa, somos nosotros los que te hemos fallado. Hoy mismo te estás quemando por todos lados, tus ríos se secan desde adentro.

Te quiero mi país del agua de limón con chía, de los licuados de mamey de un litro, de las mujeres haciendo trencitas en la playa, de las películas del Santo contra las momias, de los voladores de Papantla, de los concheros que bailan frente a tus templos. Recuerdos de los cuetes que siempre nos quejamos, pero nos hicieron tan felices de pequeños. De tus ferias con personas que venden cobijas y tuppers, de tus pirámides escondidas tras dos horas en lancha.

Eres mi casa. Eres mi cielo azul. Mis atardeceres preciosos. Eres el clima que deja que tengamos los brazos quemados.

Pienso, como muchos, a dónde nos iríamos. Que sería lo mismo que subirse a la nave espacial. Huir. Y viendo el planeta desde arriba, abriría un tequila hidrogelizado con limón, te cantaría una canción y siempre, siempre, volvería a ti.

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